domingo, 12 de junio de 2011

Mi texto del #10 de SAUNA Revista de arte: "Así en la villa como en Palermo", Diego Figueroa en Braga Menendez arte contemporáneo


Dicen por ahí que los períodos de transición para los artistas suelen ser peligrosos. Que pueden dar como producto obras de tono incomprensible para el ojo del espectador habituado al lenguaje anterior, a aquella estética otra. Pueden generar decepción, o incluso rechazo. Todos quieren ver lo que están acostumbrados a ver, aquello que entienden; lo ya procesado, lo conocido.
Pero es justo ahí, justo en ese momento conflictivo; en ese momento de tensión y angustia, que aparece mágicamente el Arte. Una aparición súbita y teatral, con efectos especiales un poco bizarros y tramoyísticos, como aquellos de los programas de Olmedo en los 80: explosión, nube de humo y el Arte que aparece mágicamente en escena, con capa roja, galera de cartón y bigote postizo. Ni bien aparece nos recuerda, con la firmeza y la ternura que se tiene para con los niños cortos de entendederas, que él, el Arte, es así: cuando nos acostumbramos a algo y ya nos sentimos seguros con eso, él desaparece… para hacer su show up cada vez que nos quedemos perplejos, cortos o sin argumentos. Antes de terminar su truco kitsch pero efectivo, el Arte nos previene: -Recuerden amiguitos, que mi principal característica es lograr que se hagan preguntas… incluso que se enojen… o sea: ¡Desarmarlos! Y se retira otra vez, con otra cortina de humo de efectovintage.
Es así que, como una parcela de la villa enclavada en pleno Palermo Hollywood, la muestra “El Tiempo entre las cosas”, del artista chaqueño Diego Figueroa, se presenta y nos sorprende en la porteña galería Braga Menéndez.
Diego Figueroa es un artista intenso y jugado. Jugado en su indiscutible valor de cambiar, de experimentar distintos lenguajes, de no recostarse en fórmulas exitosas para nosotros (los niños cortos de entendederas que miramos el arte con ojos maravillados) pero que ya resultan estériles para él. Figueroa va por los desafíos. Con el mismo aplomo con el que seguro soporta los densos calores chaqueños, cambia ropajes y dermis y nos muestra otra cosa, otra manera de contarnos algo con su misma esencia –fuerte y personal- pero renovada, cambiada, enriquecida por la plusvalía de caminar terreno ignoto, no probado.
Claro, esto también implica otras cosas. Riesgos. Salirse del molde. Apostar fuerte.
A raíz de esto, en la muestra de Figueroa en Braga Menéndez, ni bien entrar se respira un cierto aire desconcertante. Uno recorre la sala buscando al Figueroa que conoce… y encuentra pistas, indicios, pero en la primera mirada parece que él se hubiera disfrazado, o que se hubiera ido.
La situación nos recuerda la última escena de La dama de Shangai de Orson Welles, con tiroteos y persecuciones en un juego de espejos donde no se sabe a ciencia cierta quién es qué.
Pero aunque no lo veamos, Figueroa siempre está. Y como. Aliado y diestro aprendiz del Arte– aquel de galera y capa tras la nube de humo- este artista aprendió bien la lección: busca sorprendernos, dejarnos perplejos, negarnos el caramelo fácil que fuimos a buscar. Y hacernos trabajar un buen rato, buscándolo, siguiendo las pistas como un torpe inspector Gadget. Aquí lo reconocemos en la cola de caballo de la chica de aserrín, allá en el neumático. Y siempre en su asombrosa capacidad de representar la figura humana, dotándola de vida aún en una tosca cabeza hecha de maderitas cortadas a mano, como jugando a ser el tataranieto del viejo y bueno Giepetto.
El Tiempo entre las cosas refiere a justamente eso: el vacío entre una obra y otra. La no correlación y, al mismo tiempo, la sanguineidad que comparten todas, venas adentro. Como parte del plan maestro, la sensación después de un rato de ver es que estamos ante obras particulares, que son partes… pero de las que nos cuesta encontrar el todo. Y es que ese todo no existe como tal. Figueroa nos presenta un relato fragmentado, un puzzle incompleto y desarmado. Y rompete la cabeza para armarlo, para encontrar el sentido general. Más dudas, más ausencias. Menos pistas.
Característica aceptable en una galería de arte, esta muestra no tiene un eje conceptual, un relato curatorial rectilíneo. A decir de Figueroa, es un relato de tipo Pulp Fiction, donde todo sucede a la vez, y donde todo parece inconexo a primera vista. Pero termina estupendamente tejido y conectado. Aún por el solo hecho de la materialidad, de la legendaria estética villera de Figueroa, pero esta vez más áspera, menos colorida, menos pop.
Madera viva en el paraíso apresado por un cantero flotante, madera industrializada en los broches, madera partida a cachitos en la cabeza sostenida por una mano, madera molida en el aserrín que cubre a la pareja atravesada por palos rojos en pleno escarceo sexual.
Y ladrillo. Ladrillo en el imposible cantero-rémora que sofoca al árbol, agobiándolo con el peso del cemento. Ladrillo molido cubriendo la superficie de la figura del bebé, abandonado sobre un pequeño neumático y amenazadoramente cerca de una bombita de tungsteno. Y chapa. Chapa representada junto a chapa real. Y los mencionados neumáticos. Y el cemento.
Pareciera también que en un punto, Figueroa se perdió un poco entre tanta voluntad expansiva. Que perdió por un segundo el hilo de la idea que tenía en mente. Algo se licúa en la muestra, algo baja la voz. Tal vez el ready made de la tabla de planchar; tal vez la insuficiente decantación de la mezcla resultante entre el ambiente net de la galería y la estética rústica de las obras. Tal vez el continuum de tamaño, ya que son todas obras de mediano formato, sin contrastes. Pero qué va, nadie es perfecto. Nadie ni nada.
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Sobre un pequeño tender igual al de cualquier casa de barrio pero esmaltado de negro, se levanta una especie de casilla tejida totalmente por broches unidos entre sí por su función primordial. Como una Nancy Sinatra del Arte Contemporáneo, Figueroa parece decirnos que los broches fueron hechos para abrochar, pero también nos regala una pieza curiosa e íntima, en la que las pinzas de madera y plástico de colores forman un entramado singular, y comparten, además, cierto ritmo y cromatismo con el cuadro colgado al lado: dibujos de hojas muertas en ocres, verdes y lilas sobre un piso de cemento. Más feuilles mortes dibujadas con preciosismo realista forman una hélice en el suelo de la galería, en un buscado juego geométrico general, una danza estática de cada pieza contenida en una disposición pretendidamente racional, aunque imperceptible a simple vista. O es que la vista se detiene y se queda en las preciosas texturas povera, mientras la mente labura buscando el hilo semántico que ate al conjunto, indiferentes ambas a las geometrías espaciales, que siguen de largo.
Envuelto en su capa, el Arte se atusa el bigote, satisfecho.


La muestra "El tiempo entre las cosas" de Diego Figueroa, puede visitarse hasta el 16 de julio en la galería Braga Menéndez Arte contemporáneo, Humboldt 1574, CABA, de martes a sábados de 13 a 20hs.






Fotos por MARIANO SOTO

martes, 24 de mayo de 2011

SAUNA revista de arte en ARTEBA 2011. Publicaciones Independientes en Purr, librería de Arte Contemporáneo, con Verónica Romano y Martín Castagno

Biblioteca rodante en Purr

Saunos en barrio Joven (Ph. por Vero Romano)

Con Vero Romano y Dany Barreto en Purr (Ph. por Martín Castagno)

Intervención urbana by SAUNA en calle Corrientes

miércoles, 11 de mayo de 2011

Mi texto del #9 de SAUNA Revista de arte: "Epopeya argenta en clave artie: La Historia Argentina según el Arte Contemporáneo"


Centauro descamisado y casa de Victoria Ocampo, Daniel Santoro

El cliente barcelonés, con su cerveza en la mano y detrás de la nube de humo de su cigarrillo, les dice a la camarera sueca y al barman argentino: -Lo que tenéis en común suecos y argentinos, es que os pasáis todo el tiempo mirándoos el ombligo…
Esta tonta anécdota que resuena desde el pasado, aparece en este momento para graficar una actitud argentina recurrente; esa de mirarse el ombligo. Mirarse uno mismo y analizarse todo el tiempo, encandilado, como un Narciso posmoderno y latinoamericano. Ni idea si los suecos, como comunidad, se miran y se piensan a sí mismos constantemente, tal y como sentenció la arbitraria frase del cliente del bar de la calle Provença, un puñado de años atrás. Que envíen su opinión en cartas de lectores tipeadas desde la fría Estocolmo o desde el calor primaveral de un chiringuito en la Barceloneta, si quieren.
En lo que respecta a los argentinos, esa pulsión es un hecho. Y es que la construcción de una “identidad nacional”, o mejor tal vez, la asumisión de la existente, es aún una asignatura pendiente para nosotros.
Por eso, el replanteamiento de la Historia nos es aún un ejercicio tan necesario. Desarticularla, cuestionar supuestos e incluso burlarse de esas gentes y esos hechos pueden formar parte del develar de una vez por todas quién cuerno somos. Encontrar la famosa síntesis. Y nada mejor para esto que el diálogo entre las Ciencias Sociales y el Arte, ellas otorgando el peso específico de su condición académica, el otro aportando al relato su libertad de interpretación, su ludismo más absoluto y su poética misma.
La muestra titulada Panteón de los Héroes, en Fundación OSDE, tiene aire y diversidad. Dos buenas cualidades cuando de exhibiciones de arte se trata. El aire –tan necesario- lo encontramos en la disposición museográfica, en el espacio que nos dejan para la asimilación una obra y otra. La diversidad –tan vital como el aire- la encontramos en el abordaje curatorial, esta vez suficientemente equilibrado desde lo ideológico. Conviene leer la Historia (y también el más inmediato presente) dejando de lado demonizaciones y santificaciones facilistas, tan poco enriquecedoras; aunque esta polarización parece ser, hoy día y globalmente, de la más absoluta vigencia.
Como sea, en Panteón de los Héroes artistas y curadores juegan con varios y efectivos elementos. Uno de ellos es el sentido del humor.La idea de la parodia irreverente y la ironía, aplicadas a una construcción tan rígida como supo ser la Historia Argentina (en la que el éxito mediático de Felipe Pigna sigue echando sombras sobre su prestigio académico) arrojan resultados positivos aún con poco esfuerzo. Algo de esto ocurre, por ejemplo, con las dos obras exhibidas de Passolini, quien repinta en clave cartoon (fiel a su estilo) dos cuadros emblemáticos de la iconografía de la época de Rosas. En el caso de Manuelita y el Terror, el gesto rebelde y de hartazgo de la hija del Gobernador resulta un buen aporte, un valor añadido más allá de la reformulación graciosa. El hecho de haberla ubicado en la sección próceres, además, marca la presencia femenina en el proyecto curatorial. Pero en el caso de La porteña en el templo, no se encuentran agregados que indiquen la presencia del artista, máxime que el cuadro aparece asociado al eje que retrata la otredad: el sirviente adolescente y negro no produce mayor inquietud o replanteos que en la versión original pintada por Monvoisin hacia 1840. Resulta más inquietante el original, con sus sombras de duda, que la copia actual.
El humor insolente es también la clave en las piezas de Agustín Blanco. Su serie Patriotas arranca sonrisas espontáneas y sostenidas, logradas a través de fotografías ensambladas que superponen, en clave delirante, rostros de políticos y personajes de nuestra Historia y sus cruces imposibles. La cosa es que el conjunto, en el todo, funciona adecuadamente, pero no pueden dejar de observarse algunos puntos; por un lado, sí, el gran acierto dedesacartonar; pero por el otro, hay cierta rusticidad de factura en éstas imágenes y, también, algunas de éstas simbiosis fisionómicas suenan un poco acomodaticias según la contemporaneidad de los personajes abordados.
Si de humor ácido, cuestionamiento del poder y parodización de supuestos se trata, el tucumano Gabriel Chaile se luce con sus fotos performáticas, que lo muestran feamente disfrazado en la acortada caracterización de tipos sociales coloniales enseñada por la Historia vía escolar.
Los dos trabajos de Leonel Luna son también de destacar. Los 33 orientales plantea un tema central en nuestra sociedad actual como es el de la inmigración, y lo hace uniendo magistralmente humor, cuestionamiento y guiño histórico; en La fiebre, una fotografía intervenida hace de hábil trampantojo: lo que parece no es, y en vez de aquel Blanes de 1871, nos encontramos, otra vez, con un drama bien actual y puntos distantes en la línea de tiempo que se conectan hoy efectivamente entre sí.
En otro plano al humorístico, el video El Plan, de De la Fuente y Visentini, resulta desacertado en el contexto de una muestra grupal tan cuantiosa. Demasiado largo (30´), no logra mantenernos media hora en el lugar, a pesar de la belleza misteriosa de la imagen y de la sensación de que “algo trascendente va a pasar”.
Despliega una elocuente poética la instalación de Magdalena Jitrik, a pesar de abordar un trabajo con elementos de archivo, que suelen resultar riesgosos en cuanto a lo visual.
Las dos pinturas de Santoro articulan perfectamente en el discurso que aborda a los “otros” y lo hacen con toda la potencia de su realismo fantástico -con perdón del cliché- mientras que Ontiveros logra un alto vuelo poético aún señalando la rispidez de un tema como la discriminación racial local, aquella que históricamente afirmamos no tener.
Más allá de puntos álgidos y bajos; de presencias legitimadoras como las de Noé, Gorriarena, Heredia o Benedit o de algunas insolvencias de unos o tendenciosidades de otros, la muestra resulta. Cumple su cometido. Practica la sana costumbre (como rezaba aquel jingle setentoso de jugos de fruta) de reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestra Historia toda. Sobre la Historia fundante, pero también sobre la Historia más reciente, más actual. Aquella que aún parece no haber coagulado en Historia y seguir siendo material circulante.
Lo pasado pisado, suele decirse. Pero no. No pisado. Sí revisado. Resignificado. Asimilado. Superado.
Y de la mano del arte. Ese mago. Ese especialista en abrir la puerta para ir a jugar.


La muestra Panteón de los Héroes. Historias, próceres y otros en el Arte Contemporáneo, puede verse hasta el 28 de mayo en Espacio de Arte de Fundación OSDE | Suipacha 658, 1 Piso | CABA, en el horario de Lunes a Sábado de 12 a 20 horas.

Manuelita y el Terror, Alberto Passolini
Pequeños grandes personajes, Gabriel Chaile

Fotos por MARIANO SOTO